De pequeño se me daban bastante mal los videojuegos. Eso, y que pecaba bastante de impaciente -ambas cosas las he arrastrado con la edad en mayor o menor medida-. Por tanto, era habitual que dejara juegos sin terminar, siempre atrapado en un jefe, puzle o mecánica por mis pocas ganas de aprender, de dedicarle el tiempo suficiente a leer y entender la situación que se me planteaba. Tenía a lo sumo 11 años, qué esperabais. No obstante, eso nunca me impidió que reiniciara partidas, una y otra vez, hasta llegar al mismo punto para luego volver a empezar . Así dedicaba muchas tardes, repitiendo prólogos y niveles hasta llegar a mi 'punto muerto' personal de ese título. Pero yo me lo pasaba bien, y pese a nunca completarlos de pequeño, hay videojuegos que me marcaron mucho y que han influido en mi gusto y predilección por algunos géneros en concreto de la industria. Se me vienen a la cabeza sagas como 'Jak and Daxter', 'Ratchet & Clank' o 'Kingdom Hearts', títulos que en la actualidad les reservo un hueco en mi corazón, y que no fue hasta la adolescencia cuando pude completarlos y disfrutar de su historia en condiciones. Es por eso que, cuando supe de la existencia de 'Duskfade' hace un par de años cuando me saltó en mis redes sociales, hubo algo en él que me resultó inmediatamente familiar y con lo que conecté al instante. No hacía falta jugarlo. Bastaban unos segundos de vídeo para reconocer ese lenguaje que tantos estudios parecían haber olvidado : mundos coloridos, plataformas, una espada demasiado grande para su protagonista, criaturas extravagantes y una aventura que no parecía avergonzarse de pertenecer a otra época. Y precisamente ahí reside buena parte del encanto de 'Duskfade'. El título del estudio español Weird Beluga no intenta ocultar cuáles son sus referentes. Más bien ocurre lo contrario: los abraza con una convicción casi infantil, como quien vuelve a sacar del armario aquellos juguetes que llevaba años guardando y descubre que todavía sabe perfectamente cómo divertirse con ellos. Hay mucho de 'Kingdom Hearts' en su protagonista, su arma y determinadas animaciones; algo de 'Ratchet & Clank' en el humor; y no poco de 'Jak and Daxter' en la forma en la que entiende el movimiento y las plataformas. La comparación, sin embargo, puede convertirse rápidamente en una trampa. Porque definir 'Duskfade' únicamente como «el Kingdom Hearts español» resulta tan fácil como injusto. Sí, las similitudes saltan a la vista, especialmente durante sus primeras horas, pero el juego acaba encontrando una voz propia a medida que uno se adentra en su peculiar universo de relojes, engranajes y lugares detenidos en una noche perpetua. Su historia comienza con Zirian, un joven que se ve obligado a emprender un viaje después de que su hermana Allira desaparezca y su mundo quede sumido en una noche eterna. A su lado está Cuco, un pequeño pájaro mecánico que ejerce tanto de compañera como de herramienta durante la aventura. El planteamiento no pretende revolucionar nada y, en realidad, tampoco lo necesita. 'Duskfade' entiende muy bien el tipo de relato que quiere contar: una aventura aparentemente sencilla, casi de cuento, que utiliza el viaje de su protagonista para hablar de cuestiones bastante más universales. El paso del tiempo está presente en prácticamente cada rincón. No solo porque los relojes sean el elemento visual sobre el que gira buena parte de su dirección artística, sino porque existe una cierta melancolía detrás de su mundo. 'Duskfade' es un juego obsesionado con recuperar algo que parecía perdido. Y cuesta no ver cierto paralelismo entre aquello que cuenta y aquello que representa como videojuego: mientras Zirian trata de recomponer un mundo detenido, Weird Beluga parece empeñado en rescatar una manera de diseñar aventuras que tuvo su época dorada hace más de veinte años. Por suerte, esa mirada al pasado no implica que jugarlo se sienta anticuado. Si hay un apartado en el que 'Duskfade' demuestra desde muy pronto que sabe lo que hace es en el movimiento. Zirian responde con agilidad, los saltos tienen una sensación agradable y encadenar desplazamientos por los escenarios resulta suficientemente satisfactorio como para que desplazarse de un punto a otro sea parte de la diversión y no un mero trámite. Y eso es especialmente importante en un juego que hace del plataformeo uno de sus pilares. Frente a tantos títulos modernos en los que las plataformas parecen haberse convertido en pequeñas secuencias automatizadas entre combate y combate, 'Duskfade' obliga a mirar el escenario, calcular distancias y entender cómo combinar las distintas herramientas del protagonista. No es un plataformas especialmente exigente, pero sí uno que recuerda que saltar también puede ser una mecánica en sí misma y no simplemente una forma de desplazarse. Los niveles acompañan bien esta filosofía. Más que enormes mundos abiertos, encontramos espacios construidos alrededor de rutas, pequeños desvíos y secretos que invitan a apartarse del camino principal. Hay coleccionables, zonas que inicialmente parecen inaccesibles y rincones que recompensan esa manía tan propia de los plataformas clásicos de mirar detrás de cada estructura por si los desarrolladores han escondido algo allí. Esa estructura más contenida le sienta especialmente bien. 'Duskfade' no necesita llenar un mapa de iconos ni convencernos de que su mundo tiene cientos de horas de contenido. Su mayor virtud está precisamente en otro sitio: en recuperar esa sensación de estar recorriendo escenarios diseñados a mano, donde cada plataforma tiene una intención y cada nuevo entorno busca sorprender visualmente antes de que podamos cansarnos demasiado del anterior. Donde las sensaciones son algo más irregulares es en el combate. Zirian maneja la Minutero, una espada con la que puede ejecutar diferentes ataques, combos y habilidades que se amplían progresivamente. En un primer momento el sistema entra bien por los ojos. Los golpes son rápidos, las animaciones tienen energía y encadenar enemigos resulta suficientemente vistoso como para que los primeros enfrentamientos funcionen. El problema aparece cuando el juego empieza a pedirnos que hagamos lo mismo durante demasiadas horas. 'Duskfade' introduce nuevas posibilidades y trata de ampliar nuestro repertorio, pero rara vez obliga a dominarlas. Buena parte de los enfrentamientos pueden superarse recurriendo a estrategias bastante elementales, y eso provoca que un sistema que inicialmente parece tener cierta profundidad termine revelándose más superficial de lo esperado. No es un mal combate, ni mucho menos, pero sí el apartado en el que más se nota la diferencia entre homenajear a los juegos de hace dos décadas y mejorar algunas de sus limitaciones. Resulta curioso porque esa sencillez probablemente habría sido una bendición para aquel niño que reiniciaba sus partidas una y otra vez. 'Duskfade' podría habría sido uno de esos juegos que habría recorrido decenas de veces hasta encontrarme con algún obstáculo imposible. En cambio, me hace echar en falta que alguna de sus mecánicas me obligue a detenerme, aprender y sacar verdadero partido a todas las herramientas que pone en mis manos. Pero quizá también ahí se encuentra parte de su intención. 'Duskfade' no parece interesado en poner a prueba constantemente al jugador, sino en mantenerlo dentro de una aventura de ritmo ligero, accesible y tremendamente cómoda de jugar. Y cuando uno acepta esa propuesta resulta difícil no dejarse llevar. Sobre todo porque visualmente posee una personalidad enorme. Su universo mezcla fantasía y maquinaria en una especie de estética cercana al 'steampunk' en la que engranajes, péndulos, torres y mecanismos imposibles forman parte tanto de los escenarios como de la identidad narrativa del juego. Es colorido sin resultar empalagoso y nostálgico sin recurrir directamente al píxel o al 'low poly' como atajo para recordarnos otras épocas. Hay algo especialmente meritorio en que un proyecto de estas características consiga despertar recuerdos tan concretos sin limitarse a imitarlos. 'Duskfade' recuerda a muchos juegos, sí, pero después de varias horas también empieza a recordar a 'Duskfade'. Y probablemente ese sea su mayor triunfo. Porque vivimos en una industria en la que mirar al pasado se ha convertido prácticamente en un género propio. Remakes , remasters y secuelas tardías explotan constantemente nuestra relación emocional con aquello que jugamos cuando éramos pequeños. 'Duskfade' hace algo diferente. No recupera ningún videojuego concreto, sino una sensación. La de llegar del colegio, encender la consola y descubrir un mundo nuevo sin preguntarnos cuánto duraba, qué nota tenía o cuántos sistemas de progresión escondía. La de repetir un nivel simplemente porque nos gustaba. La de quedarnos atascados, apagar la consola y volver a empezar al día siguiente como si nada hubiera ocurrido. Puede que sea imposible regresar realmente a aquella época. 'Duskfade' tampoco lo consigue. Pero durante unas cuantas horas se acerca bastante.
'Duskfade', o cómo recurrir a la nostalgia de PS2 sin quedarse atrapado en el pasado
Escrito el 27/08/2026